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Foto: Elenitakatá
28 / febrero / 2018

Mi primer sábado en la Fídula. 3/2/2018

Hacía un frío de muerte y entrar en la Fídula era sinónimo de alivio. Cuando llegué pedí un vinito y me metí a ver a Dani Muñoz, garantía de temazos, actitud y piel en el escenario. No sé lo que es, pero te atrapa. Por si fuera poco, si se le rompe una cuerda sus acordes suenan a seis. Síganle la pista, hagan el favor.

El escenario estaba calentito para probar sonido, con público incluído: una sensación rara pero necesaria, y la gente la respetó como parte del show. Manu Clavijo venía como un cohete de tocar en Libertad 8, montó su atril, sus papeles, sus lucecitas y ya estaba listo en treinta segundos. Quien vale, vale y la sangre de Manu en las tablas me da la seguridad que me falta tantas veces. Uno se pasa semanas dándole vueltas al repertorio, qué temas quitar, qué arreglos cambiar, cuándo quedamos para ensayar… Un rompecabezas de cuidado, en definitiva. Y de repente estás ahí de pie frente a gente que te mira y va a empezar el concierto. Es un batiburrillo de emociones altamente adictivas, aliñadas con adrenalina, incertidumbres indescriptibles y millones de cositas más. Y no quieres que se acabe, no sabes por qué.

Las primeras canciones son un termómetro y al ser sólo dos tocando las miradas lo son todo. Todo va bien, cuando hay fallos no dejamos que nos estropeen el concierto, nos sonreímos o arqueamos una ceja. La gente está calladísima y nos conectamos. Magia. Me cuesta un montón hablar entre canción y canción, estoy trabajando esos nervios. A veces tengo ganas de explicar de qué va la que voy a tocar y otras veces me arrepiento de haberlo hecho. Me enredo hablando porque estoy demasiado pendiente de como suena lo que digo, pero ya os digo que me lo estoy trabajando: hablar lo justito pero a gusto.

Sube Elenitakatá a cantar Madrid y Salud. Me encanta que nos hayamos cruzado el año pasado. Es un regalo, es frescura, talento, alegría. Tiene también algo que no sé explicar, ni falta que hace, pero es una gozada compartir con ella.

Nos vamos acercando al final, toco “Intemperie”, una canción que tiene un tiempito pero la he cambiado y tengo claro que irá en el próximo disco. Es un momento de intensidad bonita, con la guitarra más adornada y técnica que la letra, que está cruda y fría. No os voy a contar de qué va, pero me emociona como pocas. Nos estamos conociendo.

Invito a Roci Navarro a tocar los últimos temas. Roci es de esas personas con las que te imaginas en tu porche de ancianos y hablando de la vida. Además, toca el violoncello desde las entrañas y nunca con partitura. Le sale solo, me ayudó a terminar canciones que están en “Olor a tormenta”. De repente nos hemos reencontrado y me pone contento.

Tocamos el último bis, los “Males pasajeros”, mi canción favorita de esta época y sabe a final bonito, nada de bajones. Manu y yo comentamos un poquito lo que hemos vivido y ya estamos pensando en el próximo sábado. ¿Te vienes?

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